ACABO DE VER ‘FRINGE’… ¡QUIERO SER CIENTÍFICO! (¿Son compatibles la Ciencia y la Ética?)

El teólogo, alquimista y científico del siglo XVII Johann Conrad Dippel quien seguramente fue una de las influencias en 1818  de la joven Mary Shelley para crear el personaje del doctor Frankenstein, tenía la teoría que se podía destilar un aceite extraído de la mezcla y fundición de huesos de distintos animales con el que elaborar un elixir que prolongaría la vida.

 

Giovanni Aldini, quien también es posible que fuera parte de la inspiración para el personaje del cose-cadáveres más famoso de la historia, estaba convencido de que las enfermedades mentales podían curarse con descargas eléctricas, generando una corriente de pensamiento que luego daría pie a la infausta teoría del electroshock.

 

Ni siquiera el reverenciado Newton está exento de aspectos oscuros relacionados con la ciencia y la experimentación, estudiando las propiedades de la visión humana decidió agujerearse uno de sus ojos con una aguja y, además, estaba convencido de que el apocalipsis bíblico sucederá en el año 2060.

 

La verdad es que podríamos compilar una lista de centenares de personalidades relacionadas con la ciencia, que contribuyeron con sus teorías e investigaciones a emborronar la fina línea que separa la genialidad y chifladura, llevando a cabo ensayos que entremezclaban la experimentación extrema con los impulsos suicidas. No es de extrañar que entre todos, contribuyeran a dar origen al estereotipo de ficción del genio científico en su variante más desequilibrada.

 

Y, aunque para nuestra salud mental, resulta más cómodo, atribuir este tipo de conductas, en sus variantes terroríficas y tétricas a seres de ficción de la literatura gótica del romanticismo, o a la moralidad torturada de los científicos de las películas clásicas e incluso de los comics que tanto nos gustan, (pensemos por un momento en el Dr. Bruce Banner y su alter ego Hulk), el siglo XX nos dio una patada de realidad en la boca con nuevos descubrimientos científicos y una visión mucho más racionalista de la ciencia que perfilaría la imagen del hombre de ciencia como alguien dispuesto a desafiar todos los limites tanto místicos, como morales y religiosos que hasta ese momento explicaban el universo y limitaban la posibilidad del hombre de cambiar el mundo.

 

La física, la química, la biología, la medicina, la astronomía y muchas otras ramas de la ciencia, sumadas (a veces en excéntrica mezcolanza) a ramas que recién empezaban a definirse, como todas las relativas al estudio de la mente y el comportamiento, ponían en duda el mismo tejido de la realidad: la cirugía comenzaba a revelarse como una de las ramas más importantes de la medicina gracias a las mejoras en las técnicas y en la higiene, se desarrollaron vacunas, y los apartados de la física, la química y la electrónica dan saltos de gigante, y con el advenimiento de la informática, la humanidad entro en una era de “maravillas científicas”, que parecían no tener fin, y que en algunos casos rozaban líneas de conducta que podían ser cuestionables.

 

Por encima de todo, la estandarización de la ciencia a través de universidades y academias consiguió que la investigación científica adquiriera la “forma” que conocemos hoy y también propicio la aparición de una nueva “subespecie”, la de los científicos aficionados (esos que tanto han contribuido al cliché del “mad doctor”), que aunque las más de las veces han sido calificados de “inventores”, siendo maltratados por el conjunto de la comunidad científica y condenados a ser motivo de chiste por los elementos más “convencionales” de la profesión, (“… Esos cabrones que se rieron de mí en la facultad… ¡Se van a enterar…!” y demás variantes sobre el tema), en ocasiones han sido capaces espoleados por el despecho y las ganas de reivindicarse, de pasar por encima de límites que a sus detractores les parecían infranqueables, alzándose con éxitos inesperados que les han proporcionado fama y fortuna, (como Bill Gates, Paul Allen, o Elon Musk), aunque en ocasiones, también les hayan hecho adquirir fama de tener una visión interesada, o muy pocos escrúpulos.

 

Pero la inflexión puede estar ahí, de hecho ¿nos hemos cuestionado alguna vez si las investigaciones o fabricación de elementos de nuestra vida diaria que tenemos normalizados ha violado alguna vez la ética?, y no hablo de por ejemplo las guerras para obtener coltán para nuestros móviles, o la experimentación de tratamientos novedosos con personas que se prestan voluntarios para solucionar problemas económicos, o, ni siquiera de la experimentación de cosméticos con animales, tan cuestionada, que hoy en día denunciarla, casi se ha convertido en una moda imprescindible entre los animalistas.

 

No, no… hablo por ejemplo, de conocer los experimentos realizados durante la segunda guerra mundial por los fundadores de empresas farmacéuticas de renombre en los campos de concentración nazis al respecto de fármacos que darían origen a productos tan cotidianos como la archiconocida aspirina.

 

En algunos casos, la ciencia sirve de excusa para experimentos frecuentemente de aplicación militar, o supuestamente de mejora de la calidad de vida, aunque se provoquen desmanes, donde la ciencia se convierte casi en una excusa en sí misma, una búsqueda de la ciencia por la ciencia.

 

Y por último mencionar que sobre todo, el cine se ha convertido en un perfecto tubo de ensayo donde burbujea la fascinación por el lado oscuro de la ciencia que ha ido evolucionando según cambiaba el mismo tópico del doctor loco, donde genios como el canadiense David Cronenberg han ido generando algunos de los científicos locos más memorables del cine moderno, brindándonos unos cuantos científicos locos, casi siempre obsesionados con el sexo chungo y los límites de lo físico, límites que dan pie a una corriente artística, la “Nueva Carne”, que parece concebida por una mezcla de descendientes de Frankenstein y escultores de vanguardia obsesionados con la cirugía plástica extrema.

 

Lo vamos a dejar aparcado aquí, y retomaremos este análisis durante el programa, para ver si la ciencia sigue siendo un beneficio para la humanidad, o se ha convertido en la religión de los que no creen en dioses.

 

El físico y astrónomo italiano Galileo Galilei, (Pisa, Toscana 1564-1642), dijo en una ocasión que:

 

”En lo tocante a la ciencia, la autoridad de un millar no es superior al humilde razonamiento de una sola persona”.

 

Y finalmente os dejo con una canción de “Violadores del Verso”, un poco porque me gustan, y un mucho para darles en la boquita a todos esos que dicen que los raperos son incultos con letras groseras y que no respetan a nada ni nadie y no saben de cultura ni ciencia…

 

Nos vemos en el laboratorio.

 

 

 

 

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