
Seguro que estas seguro…?
Hay quien dice que ahora vivimos con más miedo que nunca.
Que todo es inseguridad, que todo es peligro, que antes podías salir tranquilo… y ahora no.
Esa gente… suele decirlo desde el sofá, tras una puerta blindada con tres cerraduras… y la alarma conectada mientras saborea el último estreno de Amazon Prime.
Porque la seguridad ha pasado de ser una realidad… a un estado mental.
Por cierto, bastante deteriorado.
Antes el miedo era algo concreto.
Tenía forma. Tenía contexto.
Sabías a qué le tenías miedo.
Tenía hasta un olor característico…
el de Toni “el loco”, el yonqui del barrio, que cuando iba hasta arriba de “jaco” te trataba de “colega”
y cuando no, te atracaba a punta de navaja soltando aquello de:
“¡cuidao conmigo que estoy mu loco…!”
Ahora no.
Ahora todo es más difuso… más complejo… más incómodo.
Ya no sabes a qué carta jugar, ni qué decir para evitar que te revienten por un puñetero móvil de 200 euros.
Y claro… eso genera que ahora tengas miedo.
Miedo… “por si acaso”.
¿Por si acaso qué?
No lo sabes.
Pero ahí está.
Instalado.
Como una app que nunca abriste… pero que te consume la batería.
Porque hemos pasado de evitar peligros…
a coleccionarlos.
El informativo ya no informa.
Te hace un catálogo:
Robos, agresiones, okupas, bandas, estafas, drones, hackers, cuchillos, jeringuillas, patinetes…
Tú no sabías que podías morir de tantas formas distintas y creativas…
hasta que te lo explicaron en prime time.
Y claro… sales a la calle… y ya no ves una ciudad.
Ves un putísimo tablero donde se acumulan todos los riesgos de SAW acechándote pacientemente.
Ese portal… sospechoso.
Ese grupo… potencialmente hostil.
Ese tipo que camina rápido… que claramente huye de algo,
o quizás viene hacia ti… seguramente con malas intenciones.
Y sin darte cuenta… te conviertes en analista de riesgos.
Sin formación. Sin criterio. Y con una imaginación de mierda.
Empiezas a cambiar hábitos.
No te sientas de espaldas.
Observas demasiado.
Desconfías antes de tiempo.
Dejas “señales” en casa como si vivieras en una peli cutre de espionaje…
y acabas comprando por internet “juguetes” de autodefensa
que, curiosamente, están prohibidos por una buena razón.
Como por ejemplo… no acabar rociando con gas pimienta tintado la cara de un policía de paisano
que venía hacia ti a identificarte…
mientras tú estabas convencido de que te iba a atracar.
Luego están los expertos.
Ese amigo que “se informa”.
Que no ha pisado un barrio conflictivo en su vida…
pero te dibuja el mapa del crimen de la ciudad como si trabajara para la CIA.
“Ahí no vayas.”
“Esa zona está fatal.”
“Eso antes no pasaba.”
Antes no pasaba…
o antes no te enterabas.
Que hay una diferencia bastante importante.
Porque idealizamos el pasado como si fuera un anuncio de colonia.
Como si en los años 80 la gente saliera a la calle a abrazarse
y a compartir pan recién hecho.
Decididamente… no.
En los 80 también te robaban.
La diferencia es que no te llegaba una notificación cada vez.
Ni había un vídeo en HD… con música dramática
y un rótulo en rojo que pone “ÚLTIMA HORA”
aunque haya pasado hace tres semanas.
Antes el miedo era local.
Ahora es global.
Te preocupa lo que pasa en tu barrio…
y lo que pasa a 12.000 kilómetros.
Todo suma.
Todo pesa.
Todo te empuja a pensar que estás a un paso
de protagonizar tu propio documental de true crime.
Y claro… reaccionas.
Compras alarmas.
Cámaras.
Sensores de movimiento.
Aplicaciones que te avisan si alguien respira cerca de tu buzón.
Tu casa ya no es un hogar.
Es una base militar de bajo presupuesto.
Y lo mejor de todo… es que sales de ella
y te sientes más vulnerable que nunca.
Porque cuanto más te proteges…
más claro tienes que hay algo de lo que protegerse.
Y ahí empieza el bucle.
Luego está el otro extremo.
El que dice que no pasa nada.
El que ve una pelea… y dice:
“bueno, cosas que pasan”.
El que normaliza todo… hasta que le pasa a él.
Entonces ya no es estadística.
Entonces ya no es percepción.
Entonces es:
“esto es intolerable”.
Porque el miedo funciona así.
Es relativo…
hasta que se vuelve personal.
Y en medio estamos todos los demás.
Intentando encontrar un equilibrio imposible
entre vivir tranquilos… y no ser ingenuos.
Entre no mirar a nadie…
y mirar demasiado.
Entre pensar que todo está bien…
o que todo se está yendo a la mierda.
Spoiler:
ninguna de las dos es verdad…
pero las dos venden bastante bien.
Porque al final la seguridad no va solo de lo que pasa…
va de lo que crees que puede pasar.
Y eso… es mucho más difícil de controlar.
Este viernes hablaremos de seguridad.
De miedo.
De violencia.
Y de esa curiosa paradoja en la que vivimos:
Nunca hemos tenido tantas medidas para estar seguros…
y nunca nos hemos sentido tan poco tranquilos.
Porque quizá el problema no es que el mundo sea más peligroso…
sino que ahora
no podemos dejar de mirarlo.



